Las personas voluntarias

Voluntariado en la escuela: creciendo juntos, aprendiendo siempre

La transformación de toda escuela en una comunidad de aprendizaje comporta importantes cambios que afectan a la forma de entender la organización interna de la misma; al mismo tiempo, nos plantea a las personas que los vivimos  la oportunidad de ver la realidad como un espacio de posibilidades, y las dificultades como una ventana abierta al crecimiento. Dejarse inspirar por los principios del aprendizaje dialógico es abrir la puerta para que los agentes sociales del entorno, en general, y las personas voluntarias, la mayoría familiares, en particular, traspasen el umbral del centro, tomen partido por el aprendizaje de los niños y niñas y se comprometan activamente en su desarrollo integral –académico, psico-social, emocional– a fin de que todas las personas aprendamos más, y que nadie quede excluido de la sociedad de la información. Con este objetivo nació en el curso 2009-2010 la primera Comunidad de Aprendizaje constituida en Navarra, la del C.P. Julián Mª Espinal Olcoz de Mendigorría, un pequeño centro escolar de setenta alumnos.

Cuando emprendimos este camino sabíamos que lo que no hiciéramos entre todos y todas no sería un camino hacia el éxito educativo. Poner en marcha los grupos interactivos, adentrarse en el mundo de las tertulias dialógicas, avanzar hacia la comprensión diáfana de que las familias de nuestro alumnado son fundamentales para que este tenga éxito en la escuela, exigía brindar oportunidades continuas y sistemáticas  a que padres, madres, abuelos, vecinas y vecinos del pueblo… compartieran con nuestros chicos y chicas  tiempo y espacio, el de la escuela, un tiempo del que no pocos carecieron y un espacio que muchos nunca acabaron de sentir como suyo. Y lo más importante: todo esto era y es una cuestión de justicia social, de equidad y calidad educativas, porque sabemos, nos lo dice la Comunidad Científica Internacional, que necesitamos a todas las personas que estén vinculadas de una u otra manera con nuestro alumnado para hacer óptimo su aprendizaje. Esto constituye una evidencia científica que convierte nuestro reto en un objetivo nada baladí: hacer bien visible todo el proceso por el que aprendemos que es juntos como nos hacemos personas y que así, juntos, es como hemos de estar para seguir aprendiendo durante toda la vida.

La participación voluntaria nace, por una parte, de la confianza que el profesorado pone en quienes dan el paso de venir a la escuela a dinamizar los grupos interactivos, en su mayor parte y, por otra, del deseo de los voluntarios de sentirse útiles, de aprender también, y de compartir el aprendizaje con los más pequeños. Los voluntarios y voluntarias nos traen la alegría de quien recupera, muchos de ellos después de tanto tiempo, un espacio público de aprendizaje. Los más veteranos generalmente no traen una mochila cargada de buenos recuerdos escolares sino historias de decepción  y de añoranza de oportunidades perdidas, casi siempre.

En torno a cuarenta personas –la mayoría de las cuales son familiares–  acuden asiduamente a las aulas de nuestra escuela. La excitación y el controlado nerviosismo que acompañaba su presencia las primeras veces han dejado paso a una serena emoción en los profesores y a una complicidad patente entre niños y voluntarios. Las tres aulas de Educación Primaria reciben periódicamente visitas de personas voluntarias para realizar los Grupos Interactivos de Lengua, Matemáticas o Conocimiento del Medio. También los grupos de trabajo del Maratón de Ortografía son animados con el espléndido desparpajo de nuestros colaboradores más veteranos, una decena de abuelas y abuelos que cada viernes del curso vienen a  darle fuerte a las haches y las uves. Siendo testigos de esta experiencia, ¿cómo privar a nuestros jóvenes alumnos de la riqueza experiencial de nuestros mayores, de su empeño, del celo con el que se afanan en cumplir con la tarea? Ante la evidencia de que nuestros chicos y chicas aprenden más solo queda continuar y hacerlo cada día mejor.

Las personas voluntarias aportan frescura, no importa la edad que tengan ni el parentesco, si es que lo tienen, con el alumno. Su presencia anima siempre las sesiones en la escuela y se entregan con determinación a la labor que les encomendamos los maestros porque somos sus aliados, o ellos los nuestros, en una batalla que se escribe con lapiceros y que no deja oír nada más que unas cuantas palabras de aliento cuando algún pequeño aprendiz se despista.

El voluntariado se hace consciente de las dificultades que entraña el acompañamiento diario de nuestros alumnos y alumnas por parte del profesorado, cuyo trabajo se hace visible, puesto que se desvela cuál es el ambiente del aula, cómo se produce ese diálogo igualitario que tantas veces ha escuchado que es el motor del aprendizaje. Así es como la labor docente se hace más comprensible y, en consecuencia, el respeto al trabajo del maestro crece. Podemos decir que ganamos en autoridad ya que nos convertimos en personas que mostramos cómo hacemos nuestro trabajo, quitamos el velo a una ocupación que permanecía oculta tras la puerta cerrada del aula y, a la vez, damos la autoridad a quien participa dinamizando los grupos interactivos, lo cual tiene gran impacto en los niños y en la propia persona que se presta desinteresadamente a ayudarles. Hoy, los tiempos demandan hacer visible un proceso del que todos estamos llamados a ser sujetos activos y que tenemos derecho a conocer.

Los voluntarios de Mendigorria ya no son sujetos ajenos a nuestros chicos y chicas sino personas próximas, con nombre y apellidos, a quienes saludan y por quienes son saludados cuando se encuentran en la tienda o se cruzan en la Plaza. Este cambio tan palpable está muy alejado del, a menudo, vacío discurso de los valores no vividos y que ha ocupado un precioso tiempo en las aulas de las escuelas y en los despachos de instancias educativas. No queremos ni podemos volver atrás y desandar un camino por el que debemos transitar todas las personas en condiciones de igualdad.

Abrir la escuela a la participación es una medida de éxito porque fomenta el aprendizaje instrumental y porque permite el encuentro intergeneracional, lo cual redunda en el fortalecimiento de la cohesión social, del vínculo entre personas que comienzan a conocerse de otra manera porque están más cerca que antes. Es conmovedor escuchar de labios de uno de nuestros abuelos que es un regalo venir a las aulas, lo mismo que emociona ser testigo de los diálogos que mantienen nuestros alumnos con los voluntarios porque abren un espacio nuevo de comunicación.

La apuesta sistemática de acción voluntaria que promueve el éxito académico de nuestros alumnos anima, sirve de ejemplo y sienta las bases para que los lazos afectivos y efectivos entre todas las personas que comparten objetivos se perpetúe en el tiempo y se extienda en Mendigorría y más allá de los límites de acción directa de nuestra escuela. En nuestra comunidad de aprendizaje todos y todas ganamos porque se produce un encuentro sincero en un marco tan particular como el nuestro. Como lo que somos: una escuela, una escuela pequeña, una escuela rural.

Distintas generaciones se afanan en escucharse, en asumir papeles distintos, con naturalidad y, sobre todo, con respeto. Porque sin esta condición no podríamos ni siquiera aspirar a ser una auténtica comunidad de amistad, una comunidad de aprendizaje donde nuestros chicos y chicas aprendan a ser y a sentir que todos somos distintos, y que, al mismo tiempo, todos somos necesarios. Muy necesarios. Tan necesarios como las personas voluntarias que nos enseñan con su ejemplo,  con su perseverancia y su entrega cada vez que recorren nuestros pasillos y entran en las aulas que también son las suyas, y  que nos mandan a profesores y alumnado un mensaje insoslayable: que quieren ser partícipes de un regalo, el que brinda una sociedad justa y equitativa a quien quiere aprender, aprender siempre, aprender en todo lugar, aprender con todas las personas.

(Texto publicado en el Periódico Escuela, suplemento nº 9 sobre  Comunidades de Aprendizaje).

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