Tenemos piedras que nos curan en la comunidad de aprendizaje de Mendigorría

Los niños y niñas se han colocado en fila, han cerrado los ojos y su tutora se pasea ante ellos, despacio, tocando con la mano su frente, la de cada uno. Entonces dice con voz susurrante…

“Piensa en eso que tú necesitas, en lo que te hace falta. Tal vez hoy no está siendo un día fácil para ti porque ha habido algo, dentro o fuera del aula, que te ha hecho sentir soledad, tristeza… Piensa ahora en tu compañero o compañera de la derecha, y pídele eso que él o ella tienen y que te vendría muy bien para pasar el trago. Piensa en pedirle una piedra, la que lleva escrita la palabra que tú quieres para ti. Solo para ti. Porque tú lo necesitas”.

Dicho esto, la profesora invita a sus pupilos a que abran los ojos y se sienten. Después, quien ocupaba el primer lugar de la fila se levanta y, ante todos, pide al compañero que estaba a la derecha que le dé la piedra con la palabra que necesita: amor, paz, calma… Quien ha de hacer el regalo se levanta, toma la piedra, y se la entrega a la mano para que la coloque en el bolsillo, el suyo. Seguidamente, el chico o la chica que entrega la piedra hace lo propio: pide la que necesita y quien estaba a su derecha en la fila se levanta para buscarla en el carrito y entregársela. Así, uno a uno, se levantan y piden –o dan, según la semana– lo que les hace falta. Posteriormente, quien lo desea ofrece alguna clave para la reflexión en torno a lo que se acaba de vivir en el aula: veinte minutos donde la presencia del grupo pierde fuerza para que emerja la absoluta individualidad de cada niña y cada niño.

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Nuestras chicas y chicos han hecho con estas piedras lo que el río Arga durante milenios: acariciarlas hasta convertirlas en una suerte de medicina para el alma.

Es la actividad del Carrito de las Piedras.

Los niños y niñas aguardan cada semana a que llegue el jueves para pedir o dar, para solicitarle a un compañero una piedra o para darle lo que estima que el otro necesita. Dar y tomar, entregar y recibir, demandar y satisfacer… Un movimiento hacia el otro, hacia quien no se es, un movimiento que un día por semana se produce en las aulas para mirar hacia dentro y hacia los demás. Y todo en silencio. El silencio que a veces se ausenta en nuestra comunidad para dejar que el bullicio tome las riendas de las aulas y acoja el aprendizaje.

Con silencio y atención plena se puede reconocer que se está triste, que un problema que acucia a la familia preside, muy a su pesar, la vida del niño. Un problema que no se quiere nombrar en público pero cuya existencia se reconoce. Y a la palabra pronunciada por el niño la acoge el silencio de los que, sentados, esperan su turno. La valentía para aceptar que se sufre, que se está nervioso, la audacia con que un niño pide amor a otro compañero, el autoconocimiento que exige demandar paciencia para tolerar los errores de los demás o, incluso, voz para expresar lo que se quiere decir cuando uno acepta que lo que abunda en sus amigos, escasea en él mismo… O para disentir con el compañero que le ve a uno de una manera con la que no se identifica en absoluto. No podemos cambiar realidades que van más allá de nosotros mismos, pero sí podemos acotar el tiempo para reconocer libremente la debilidad y acoger la fortaleza. La propia y la ajena.

El lugar es el de la actividad diaria, pero el espacio es otro porque las intenciones en ese momento son particulares de cada uno, no son compartidas con los iguales porque cada quien es dueño de las suyas.

– En mi casa está pasando una cosa que no quiero decir, ¿me puedo llevar una piedra para mi madre?

– Claro que sí, escoge la que quieras. Que tu madre se quede con ella el tiempo que sea necesario.

– Gracias.

En más de una ocasión ha tenido lugar un diálogo como este. A veces es la maestra la que recuerda al niño que puede coger la piedra que él quiera para alguien especial. Porque muchas veces a la escuela no se llega liviano. La mochila que diariamente transporta libros y cuadernos, oculta temores y secretos que escriben con tinta indeleble el momento que vive cada uno de nuestros alumnos y alumnas fuera de las aulas.

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El Carrito de las Piedras nos ayuda a desarrollar habilidades de autoobservación y de observación del otro para reconducir críticas exageradas o, simplemente, desatinadas.

Para fortalecer el vínculo entre las personas, para que cada niño o niña se conozca mejor y los pilares de la convivencia soporten enhiestos nuestra comunidad; para devolverle a la empatía su lugar; para respetar los sentimientos de los demás ante las distintas situaciones de la escuela, y para reconocer y aplaudir las fortalezas de los compañeros y compañeras, para todo esto alentamos a chicas y chicos a hablar de sí mismos y de lo que les ocurre.

Sin embargo, invocar el poder de las palabras tiene también sus riesgos: hay palabras que son desterradas por los tutores, trampas que los niños se tienden a sí mismos: siempre-nunca, todo-nada; todos/todas-nadie. Estas parejas de palabras son tabú, alimañas que depredan nuestro pensar. Es imprescindible quitarles la fuerza para que brote del pensamiento un conocimiento más ajustado a la realidad que permita asumir que el significado de las circunstancias es contingente y no necesario, es decir, que lo que se vive bien podría vivirse de otra manera, incluso de una manera completamente diferente. Solo ahí, solo cuando la maestra siente que puede ayudar, interviene. Pero poco. Muy poco. Apenas nada, puesto que el silencio acompaña, enseña.

El carrito de las piedras traspasa el umbral del aula cada jueves, un modesto kit de salvamento, una instancia móvil que nos trae una tirita para el corazón, y que respeta el silencio del niño que no quiere o no puede hablar. Mientras se hace fuerte para mirar cómo se siente él mismo, los demás se hacen fuertes sintiendo cómo se encuentra quien no tiene disponibles las palabras, no importa la razón.

Amor, cariño, luz, calma, paciencia, empatía, alegría, atención, cuidado, silencio, fuerza, paz, voz, valentía, escucha, amistad, simpatía, ánimo... Y nuevas piedras irán apareciendo...
Amor, cariño, luz, calma, paciencia, empatía, alegría, atención, cuidado, silencio, fuerza, paz, voz, valentía, escucha, amistad, simpatía, ánimo. Y nuevas piedras irán apareciendo…

También el secreto tiene su sitio en la sala de clase. Y queremos que se pueda transformar en confidencia. Así nació la Caja de los Secretos. Su para qué, muy sencillo: canalizar todo lo que no se expresa en el momento de las piedras a través de mensajes que se introducen en una cajita que únicamente pueden abrir los tutores. Leído el mensaje, las maestras toman la decisión de cuándo hablar con el chico o chica. Hacen caso a su deseo porque él ha dado el primer paso. Y porque la intimidad de una persona merece un respeto reverencial.

La cercanía y el respeto entre el alumnado crece a medida que avanza el curso. Y así sucede cada año. No podemos negar la mejoría que se ha ido produciendo en el clima de aula y fuera de ella. Como tampoco podemos atribuir la causa de este progreso a ninguna única acción emprendida de la mano del diálogo, que es lo que nos mueve en esta y otras comunidades de aprendizaje. Sabemos, porque nos lo dicta la experiencia, que el diálogo respetuoso nos lleva en volandas hasta la comprensión de lo que mueve a las demás personas. Y reconociendo que su corazón es tierra sagrada: solo se puede entrar en él con permiso y siempre descalzo. Propongámonos desafiar a Pascal: que la conversación empuje a la mente a comprender las razones del propio corazón y de los otros corazones.

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