Currucas, petirrojos, carboneros… otra vez protagonistas en el Colegio Público de Mendigorría

“Mejor sueltos que muertos”, nos decía Diego Villanúa, nuestro padre biólogo, mientras pesaba, medía y nos contaba los secretos de nuestros vecinos voladores. Al menor descuido, estas animalillos escapaban. Había que tener cuidado. Pero si habían de escapar, que lo hicieran. Sin duda. Lo que nunca haríamos sería poner en peligro su vida, por mucho que nos agradara devolverles la libertad.

Dos días, como siempre, fueron los que dedicamos a esta actividad de anillar a las aves que caían en la red: el primero de ellos, los chicos y chicas de Infantil y del Segundo Ciclo bajaron al patio donde liberaron algunos zorzales. El espléndido segundo día nos dimos un paseo hasta un paraje cercano. El buen tiempo, esta vez sí, nos trajo experiencias fascinantes: soltamos dos zorzales comunes, dos currucas capirotadas, dos mosquiteros comunes, una curruca cabecinegra, dos petirrojos, dos mirlos, dos carboneros comunes, dos escribanos soteños y un acentor. Otra vez nos quedamos sin palabras: ojipláticos y estupefactos, dirían ya algunos de nuestros alumnos de sexto.

Una actividad así siempre nos trae la novedad al colegio. En esta ocasión vimos y admiramos de cerca la preciosa curruca cabecinegra, nunca antes observada por nuestros chicos y chicas. ¿La otra novedad? Un descubrimiento insólito: una garrapata en el párpado de un escribano soteño. ¿Es el mundo de las garrapatas un mundo de conocimiento? Lo es, y más desde que hay científicos que investigan con el afán de un niño pequeño y el rigor académico necesario para descubrir y compartir hallazgos asombrosos. Este mismo deseo es el que siente con toda seguridad la investigadora de la que nos habló Diego y a la que ha enviado la garrapata que importunaba a nuestro escribano, la misma que lleva adelante un trabajo que le ha hecho descubrir hasta hoy siete especies nuevas de garrapatas. Sorprendente, ¿no? Así es y, probablemente y sobre todo, porque hasta la fecha nadie había decidido poner tanto empeño en catalogar a esos pasajeros indeseados que toman por huéspedes a las aves que se les arriman demasiado.

Que los niños y niñas se pasmen ante tales cosas tiene una importancia fundamental. Porque cosas así introducen el gusto por la novedad y avivan el deseo de ensanchar el conocimiento. Experiencias como estas les empujan a buscar la fuente de sus propias pasiones, tengan o no que ver con el mundo de los pájaros. “A mí me encantan los saltamontes… casi tanto como los minerales” , ya nos dice algún futuro científico mendigorriano.

  

No nos gusta que disparen a estas avecillas quienes no encuentran otra manera de combatir el aburrimiento. Tampoco nos gusta que en el soto del Arga, a su paso por Mendigorría, se acumulen desperdicios fuera de los lugares destinados para tal fin. Fue precisamente por este motivo que no bajáramos hasta allí, como en otras ocasiones, para realizar la actividad del anillamiento. A ver si el año que viene regresamos al soto y colocamos las redes niebla para volver a observar en la mano pájaros carpinteros -¡sí, pájaros carpinteros!- o ver el fugaz aleteo amarillo de la oropéndola en la cima de los chopos –martín torero la llaman por estos lares–. ¡Qué tesoros avivan el corazón cuando los descubrimos aquí al lado!

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