La fotografía nos vuelve investigadores en Mendigorría (2ª parte y última)

Nos vamos arrimando al final del curso, sin darnos cuenta… Esta entrada recoge parte del trabajo que próximamente acogerá la exposición que se inaugurará en el Centro de Arte Contemporáneo de Huarte, y en la que este cole tomará parte junto a un buen elenco de centros educativos, la mayoría de ellos de Secundaria. Así que ya vamos teniendo ganas de llegar al puesto de avituallamiento y reponer fuerzas: dos buenos bocados de buen diálogo, otro par de indagación e inteligencia, y unos pocos más de sinceridad y perseverancia para dar buena cuenta de un delicioso valdibocata de significado. Muchas cosas con un único fin: nutrirnos por dentro.

Siguiendo con la experiencia publicada el 28 de marzo publicamos ahora la visita que realizamos a un espacio emblemático de Mendigorría: las piscinas viejas. Durante dos sesiones consecutivas las piscinas se transformaron en un laboratorio artístico e histórico. Mesas, sillas, caballetes, mapas, diccionarios, algún ábaco, mochilas y, sobre todo, chicos y chicas con cámaras al cuello para hacer fotografías. Todo nos servía para transformar las piscinas en un espacio de interpelación. Jugamos con nuestras propias actitudes, abrazando un espacio ruinoso, lleno de escombros, con los techos rotos… Quisimos dar un poco de lustre a un entorno ciertamente en decadencia prestándole atención. Visitarlo ha sido un intento por acoger las historias de anteayer, abrillantar el pasado del pueblo, multiplicando lo único e imaginando lo por venir.

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Intervenir estéticamente en el mundo es hacerlo éticamente. Y el alumno, la alumna son seres capaces de belleza. De transformación del espacio en lugar, del tiempo en ocasión. En la medida que nos volvemos capaces de cambiar el mundo y de transformarlo nos volvemos seres éticos, apunta el gran Paulo Freire. Así entendemos que el hecho educativo, el quehacer educativo nos reclame autenticidad a través de un acercamiento crítico a la realidad. Por este motivo anduvimos hasta las piscinas, nos adentramos en ese territorio vedado y lo hicimos para respetar a los niños y las niñas. Por puro respeto: por respetar su afán de exploración y sus ganas de saber.

Además de hacer fotos, charlamos. Nos volvimos tertulianos. Y buscamos respuestas para ese entorno. ¿Queremos un lugar de exploración y juego? ¿Un lugar de intimidad? ¿Queremos un jardín secreto? ¿Un rincón de tertulia, un espacio que propone, un lecho para malas hierbas milagrosas, un laberinto de veredas? ¿Queremos escondites y escondrijos? ¿Queremos árboles y arbustos, flores y pinturas, murales Before I die? ¿Un museo, un hogar, muchos lugares, muchos hogares? ¿O un paraíso donde hibridar pensamientos y paisajes? Queremos un lugar seguro para los pies, inseguro para las certezas, un lugar donde desvelar la historia acodada en los alféizares de las ventanas de la vieja sala de baile y oler el moho trepando por las paredes, un lugar donde leer los textos pintados en la pared.

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¿Qué no nos ofrecerá en el futuro un entorno como las piscinas viejas de Mendigorría, un paisaje en la historia de sus vecinos, tan alejado de los parques infantiles? Es ese alejamiento el que nos empuja hacia ellas. Porque no son como los parques, moribundos, donde la acción es más gimnástica -aunque tan positiva por ello, es verdad- que generadora de posibilidades, donde no hay relatos y la evocación está ausente. Donde la cultura es solo reproductiva y se alimenta de patrones y esquemas propuestos por otros que no son los niños. El parque infantil divierte, entretiene, pero no interpela, está agotado antes de nacer. El parque infantil tiene sus fichas escolares, que son para él, lo que la indagación auténtica es para nuestras piscinas viejas. Las piscinas viejas son un territorio que necesita botas y sorpresa. Lo mismo que necesitan las escuelas: botas y sorpresa. Buscamos un lugar dialógico de juegos para que los niños entren en conversación con él, con otras personas, con todos sus objetos, con sus vacíos… Porque el carro que alguien abandonó junto al mostrador del antiguo bar merece muchas miradas.

El espacio de las piscinas no tuvo usuarios ese día, tuvo… ¡disfrutuarios! Alumbramos un lugar destino de intenciones. Prohibimos que fuera un lugar fiel a sí mismo. Lo conocimos explorándolo, caminando entre zarzas, escudriñando rincones apartados, penetrando en oscuras salas porque queríamos apropiarnos de él. Resolvimos entregárnoslo para tomarlo al asalto. Repitiendo gestos escolares en ubicaciones insólitas, colocando sillas y mesas a sentimiento. Las mitades de los chicos y chicas no lo habían visitado porque las ruinas no se deben visitar, sí en cambio se pueden descubrir. Los turistas visitan los lugares. los viajeros los exploran. Y en Mendi queremos formar viajeros. Nada de turistas. Para formar turistas no son necesarias las escuelas.

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Dejamos atrás la atracción de lo mágico, lo ocultado, el lugar provocador que suscita un encuentro novedoso, emocionante, sin precedentes. Un lugar que convoca la inquietud, que desafía la quietud. Un lugar que anima a darse de bruces con lo inesperado, un lugar que es un aula de lo extraño, y lo alejado, que escapa a la cultura dominante, pero cercano y significativo a la vez porque enfrenta a los niños con las historias de otros y les ayuda a alojar el miedo con una sonrisa de excitación y a desalojarlo con otra de satisfacción. El agua, el charco, el barro, el árbol muerto, el seto caprichoso, la pared abierta…

¿Podríamos volver allí provistos de lo necesario para cambiar, modificar, transformar ese lugar con los niños y niñas, y sentir en ese proceso de cambio que nos estamos transformando en personas mejores? ¿Podemos ser éticamente superiores y sentir que nos comprometemos más y mejor con el mundo entero porque damos muestras en nuestro entorno concreto de que disponemos de la capacidad de hacer y sentir, de que somos capaces de crear un mundo mejor y que el camino es intervenir, romper las inercias? ¿Y de que el arte es un arma letal para la creencia asfixiante de que las cosas son como son y de que así seguirán porque siempre fueron de esa manera? Acojamos la idea de que la cultura es un proceso de toma de conciencia de los problemas de las personas, no una colección de hechos, objetos y procesos del pasado. Las personas cultas no son coleccionistas sino artesanos que construyen el futuro, a partir de un sueño.

Como en la primera parte de esta entrada, ninguna de las fotografías que se muestran aquí son de los niños. El tesoro está a buen recaudo. Pronto podrá verse en Huarte. ¡¡¡Hasta entonces!!!

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1 Comment

  1. Una propuesta inteligente y poética. Estoy deseando ver las fotografías y el trabajo que vais a presentar. Zorionak! Burura etorri zaizkit Baudelairen edo Deborden testuak.Lan zoragarria zuena.

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