La fotografía nos vuelve investigadores en Mendigorría (1ª Parte)

El arte ha jugado un papel importante en nuestra transformación como comunidad. Pero cuando nos decidimos a trabajar este curso 2015-16 en el marco del Proyecto VACA, de la mano del Colectivo Bitartean, nos propusimos ir más allá de la asignatura de Plástica poniendo en entredicho presupuestos tomados a veces como inamovibles, y sumergirnos en un proyecto educativo para seguir transformándonos como personas, como profesionales, como comunidad, pero esta vez a través de una propuesta de extender el aula. Unos pupitres y sillas de escuela, unas cámaras fotográficas y libertad para tomar tantas fotos cuantas fuera necesario con objeto de plasmar la investigación sobre qué, dónde, cómo aprendemos, y de qué forma elaboran los niños y niñas un discurso que responde a estas –y muchas otras– preguntas.

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Explorando nuestro entorno estamos descubriendo un nuevo mundo. VACA nos está ayudando a educar las miradas…

Las fotos de esta entrada no son el trabajo del alumnado. El resultado final, las imágenes tomadas por las niñas y los niños de este colegio, se expondrá en el Centro de Arte Contemporáneo de Huarte, como parte de la exposición final del Proyecto VACA.

Como bien sabemos, hasta hoy ha predominado en nuestro centro un planteamiento que ha apostado por el encuentro con las familias. Como comunidad, y sin abandonar en modo alguno esta premisa básica, hemos de dar un salto en los procesos de aprender y enseñar, haciéndonos más fuertes en la creación de sentido. Transformarse, más que viajar de un lugar hacia otro, significa enriquecer los destinos, dejar a un lado el buen gusto y aliarse con la creatividad como indagación, abandonar la queja improductiva y acoger la transgresión inconformista.

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Mirar al que mira es imprescindible para seguir aprendiendo.

Hemos echado a andar. LLenos de vacío. Plenos de incertidumbre. Nos hemos echado al campo anejo a la escuela. Con mesas y sillas. Y sin mirar a las ventanas que rodean al colegio. Queremos convertir el aledaño en destino –el campo circundante en escuela– y la escuela en aledaño. Queremos mantener el proceso –aprender, siempre aprender– pero cambiando el dónde. Cambiar el dónde es hacer rico el camino al aprendizaje. Cambiar el dónde hace aflorar el sentido de aprender retornando al aula, cambiados, transformados por dentro.

¿En qué estamos pensando? El propósito de llevar un pupitre y una silla al campo o al casco urbano de Mendigorría subvierte la creencia de que el lugar primordial de aprendizaje es el centro escolar. Trasladar el aula a un lugar en el que los niños y niñas jamás lo situarían es transgredir la creencia limitante de que los aprendizajes más valiosos se dan en el colegio y que la vida real es otra cosa. Es un hecho que  los aprendizajes –formales, no formales e informales– son todos de una gran importancia, todos necesarios. Pero descubrir que el aprendizaje formal puede darse en lugares extraños o no habituales es vital en sí mismo: el mundo entero es un aula y quienes lo habitamos, somos siempre sus aprendices.

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Gestionar el espacio y el tiempo en libertad forma parte del recorrido vital y necesario de toda  persona.

Dejamos el edificio de la escuela sin querer saber quién miraba, sin comprender, tras los visillos. Pero queriendo saber quién se habría unido a nosotros, a hacer lo que nosotros, si se hubiera atrevido. Lástima no saberlo. Los profes dejamos hacer. Mordiéndonos la lengua cuando vimos a cuatro alumnos perderse hacia el Monte la Corona, en el quinto pino. ¡Qué ganas de pegarles un chillo! ¿Pero se puede saber dónde […] vais? Qué bien cuidar la propia garganta y decidir no haber pegado un buen grito. Qué tentación más grande decirse que fue estupendo haberse aguantado, cuando solo la distancia puso freno a tal intención.

Registramos el proceso de indagación: niños y niñas en parejas buscando ubicaciones para hacer fotos que les ayudaran a pensar qué es aprender. Para aprender qué están haciendo cuando se dicen –o no– que están aprendiendo. Proponiéndo(se) escenarios nunca propuestos, para lo cual nos ayudamos del pupitre, la silla y la mochila. Nada más. Colocar mesas y sillas en medio del monte o en cualquier otro lugar puede abrir un debate necesario. Recurrir a estos elementos es del todo simbólico puesto que no son imprescindibles para aprender, pero su empleo invita a una reflexión liberadora que nos cuestione si aprender y enseñar es una necesidad de la vida que se produce en medio de la vida y de todos los lugares donde existe vida. Además de todo ello, resulta obvio el extrañamiento que produciría en los niños y niñas, y en general en toda la comunidad, emplazar en ciertos lugares objetos y mobiliario donde, en condiciones normales, jamás serían encontrados. El impacto visual tendría el poder de provocar narrativas extrañas, transgresoras, con un enorme poder evocador de las que la Escuela de Mendigorría, sin duda, se va a nutrir.

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Los objetos no son propiedades de los lugares. Renacen cada vez que los ubicamos donde no les pertenece nacer.

Qué ocurre si… Qué pienso aunque… Qué consigo mediante… Qué invento desde… Qué imagino como… Cuando estas preguntas no se hacen de pequeñito puede ser que no lleguen a obstaculizar las primeras buenas notas escolares. Pero si no se han hecho de pequeñito, y no se siguen haciendo de talludito, impedirán los aprendizajes auténticos, y las buenas notas cuando más importen, esas notas, esas… no llegarán.

Cuando revivimos en el aula lo vivido fuera de ella, mirando las fotos que se hicieron, lo pasamos bomba. Revisitamos las intenciones que apretaron los gatillos de las cámaras para comprobar que no siempre hubo tales intenciones, lo cual nos enriquece aún más cuando miramos las consecuencias de lo hecho. Y comprendemos lo incierto de nuestras cosas. El efecto de lo impredecible. “No me había dado cuenta de que la silla estaba ahí. ¿No sirve entonces?”, nos preguntamos. Naturalmente que sirve. Jugamos con las circunstancias. Las admitimos, por tanto, y asumimos su papel fundamental. “Pues queda bien ahí la silla. ¿La dejamos?”, nos volvemos a preguntar. “Naturalmente que sí”, nos respondemos aliviados en el fondo. ¡Qué aprendizaje! Estas preguntas y respuestas surgieron ya de vuelta en el cole, mirando las imágenes que acabábamos de tomar. Si decimos que casi fue lo mejor, no exageraríamos. Y dado que va a haber alguna sesión más fuera de la escuela y más tiempo dedicado a la reflexión dentro de ella hasta final de curso, afirmamos que estamos lejos de acabar esta indagación compartida que arroja luz y coloca palabras sobre quiénes somos y quiénes podemos llegar a ser.

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De regreso, comenzamos la experiencia de narrarnos qué es lo que acababa de pasar.

Qué aprendo, cómo y en qué circunstancias, qué elaboro como digno de ser aprendido… Colonizar espacios. Dentro y fuera de nosotras. De nosotros. Encontrar siempre la novedad. Y no decir nada. O gritarla a los cuatro vientos. Ir haciéndonos cada día un poco más. Ir haciéndonos cada día un poco más humanos… Ir haciéndonos entre todos porque necesitamos de la mirada de los otros para aprender a mirarnos por dentro, como nos enseñara el recientemente fallecido Umberto Ecco.

¡¡¡Hasta pronto y muy felices vacaciones!!!

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2 Comments

  1. Efectivamente la aplicación de la fotografía y el vídeo es una excelente forma de inducir en las personas el concepto de la investigación, el autoaprendizaje y el enfoque en los pequeños detalles. Felicitaciones por esa iniciativa.

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