¿Puede el entorno natural de la Escuela de Mendigorría transformarse en un aula de espiritualidad?

No resulta nada difícil justificar por qué  la semana pasada las chicas y chicos del Tercer Ciclo de la Escuela de Mendigorría salieron al campo: conocer el entorno, disfrutar de lo que nos ofrece la naturaleza,  afinar nuestra capacidad de observación para no sentirnos unos extraños dentro de nuestra propia casa o, simplemente, comenzar el último proyecto de investigación que nos va a tener ocupados este remate del curso 2013-2014. Todos ellos son motivos más que suficientes para perdernos por los sotos del río Arga, o para caminar por los senderos y pistas del término de Mendigorría… Sin embargo, no nos detendremos ahí. Iremos adelante proponiendo una mirada que no es nueva pero que sí conviene ir ejercitando para reflexionar juntos -esto es, en comunidad-  sobre lo que significa aprender y enseñar desde una atalaya distinta.  Quizás esta mirada renovada nos permita hacer más sabrosa la aventura de aprender.

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Mendigorría, nuestro pueblo.

Los objetivos educativos bien podrían fortalecerse una vez asentadas las bases de una educación de naturaleza espiritual, que funda cualquier acción educativa ya que lo espiritual constituye la condición de posibilidad del propio hecho educativo, tenga lugar en el medio escolar o en el hogar familiar, a cubierto o en medio del campo… En nuestro caso, es precisamente el campo el que nos abre la puerta para que salgamos ahí fuera, al misterio mismo del corazón que nos habita.

Es tan convincente como conveniente centrarse en las prácticas que nos empujan más allá de nosotros mismos, que nos aúpan para barruntar otras posibilidades y vislumbrar un mundo cercano pero nuevo, huyendo de cualquier discurso separado de la realidad escolar. Y la realidad es que anduvimos tres horas y media, nos detuvimos apenas veinte minutos para almorzar,  miramos y admiramos, oímos y escuchamos, esperamos y fuimos sorprendidos, preguntamos y respondimos…

¿Por qué hablar de espiritualidad?

El entorno natural nos proporciona mil y una oportunidades para asombrarnos, para convocar un extrañamiento compartido ante una plétora de seres vivos que tenemos a cinco minutos a pie de nuestra escuela y que ya tienen nombre. Denominar para hacer nacer en la conciencia: aladiernos, madreselvas, artemisas, escobizos, jazmines silvestres, santolinas… Así, el entorno se transforma en una  escuela de asombro cada vez que una alumna se queda boquiabierta ante algo que ve o que cree ver. El asombro y la sorpresa dirigen el aprendizaje infantil por lugares ignotos, lejos de la mirada trillada, en pos del sentido profundo de las cosas, camino del descubrimiento, ejercitando ese impulso constitutivo de lo humano que nos faculta para tener aspiraciones profundas e íntimas. Y todo esto se aprende estando cerca de la realidad más próxima, creando oportunidades para que se dé un maridaje entre la escuela y su entorno que nos haga crecer hacia adelante, hacia dentro y hacia arriba.

Podríamos y deberíamos despertar más y mejor el asombro entre nuestros alumnos y alumnas a través de la contemplación de las maravillas del mundo, de los mejores y más nobles objetivos, de la belleza… Arrinconar la vulgaridad no sería entonces un propósito, solo una consecuencia.  Así, ciertos programas televisivos que hoy atrapan el tiempo de tanta gente morirían por inanición.

Lo espiritual es consustancial a la persona y le permite experimentar, expresar, explorar, indagar sobre el sentido de la existencia. Constituye la condición previa a la religiosidad o a la confesionalidad pero en modo alguno ha de confundirse con ellas. Lo espiritual in-forma en toda persona la capacidad para hacerse las preguntas últimas y buscar el sentido de su vida, de la vida en general y de cualquier vida en particular. Experimentar el asombro y detenerse a contemplar la vida a nuestro alrededor sin un reloj que nos atosigue son ejercicios que se aprenden con la práctica y el empeño, con lentitud y constancia, son ejercicios que combinan inopinadamente pasión y soledad y que otorgan potencia espiritual a la vida de las personas.

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Descubrir la fragilidad de la orquídea Ophrys speculum (abejera del espejo) en el monte, sintiendo, quizás lamentando, su efímera belleza es un aprendizaje necesario. Pero, ¿este hecho se aprende o se enseña? Poco o mucho hay que decir al respecto. Pero si alguien ha de enseñarlo que sea la orquídea. La foto de abajo recoge el momento en que David, uno de nuestros guías, nos enseña esta flor singular. Reconocemos en ella su contundente pequeñez, su sutil presencia…

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Detectar ciertos rasgos en la biodiversidad circundante solo es posible si se mira con atención. La vida ya no nos solicita como antaño que activemos dicha capacidad para detectar a un enemigo o para reconocer un alimento saludable. Esa misma capacidad específica que nos hubiera salvado la vida miles de años atrás ahora se activa para distinguir un envase entre otros muchos en la estantería de un supermercado, o un icono en la pantalla de inicio de un ordenador atestado de ellos. Y sin embargo, sí que podemos seguir utilizando esa facultad para distinguir lo igual entre lo aparentemente distinto, para percibir lo disímil entre lo semejante. Un mundo de sutiles diferencias que nos enseña a  mirar y contemplar  y nos capacita para dar valor a las cosas y preguntarnos eventualmente para qué tanta variedad.

No obstante, si algo ha de quedar claro es que pretender reducir la experiencia de aprender a la de retener nombres comunes y científicos en la memoria no es sino un objetivo menor. No lo es, en cambio,  reconocer la complejidad de la vida y la necesidad de combatir el caos arrojando un poco de luz entre una realidad amalgamada que exige de una buena dosis de concentración y de intención para que experimentar la vida no sea simplemente reducirla a acumular vivencias. Los aprendizajes que se realizan en la escuela también han de llevar orden a nuestra vida para que un paseo por el campo no se agote en términos como pájaro y mata. Ni todos los pájaros son gorriones, ni todos las matas son zarzas.

Las especies fotografiadas arriba son una parte de las que vimos en los aledaños de la escuela. Apenas diez minutos caminando bastan para llegar a un lugar que, nos consta, ya ha sido transitado por niños y padres tras la visita que realizaron los chicos y chicas del Tercer Ciclo acompañados por sus profesores y por los guardias forestales Fermín, David y Unai, a quienes desde este blog les agradecemos su entrega y profesionalidad.

Concluimos con el mismo interrogante del comienzo: ¿puede el entorno de Mendigorría transformarse en una escuela?  Invertir los términos de la pregunta con que titulamos este post podría llevarnos muy lejos, tan lejos como queramos pero… ¿aceptaríamos este reto?

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